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martes, 6 de septiembre de 2011

Farándula, Poder y Dictadura

A propósito del "affaire" Alfano-Massera


por Martín Espinoza
Publicado en La Verdad Obrera nº442




El escándalo desatado por las denuncias en las que se acusa a Graciela Alfano de quedarse con bienes de detenidos-desaparecidos por su viejo “affaire” con el genocida Emilio Massera, no sólo evidencia que la mayoría de los asesinos y sus cómplices siguen impunes sino que muestra, una vez más, los vínculos estrechos de la farándula con la Dictadura en particular y con el poder en general.


La denuncia surgió en el programa Intrusos de Jorge Rial, el chimentero noventista, ex gerente de programación de América y devenido gran productor. Entusiasmados con el alto rating, Rial y Luis Ventura avanzaron contra la vedette, quien hasta hace poco era habitué del programa.

Las aberraciones del genocidio se cuelan hasta en el frívolo show de la farándula, esa reaccionaria capa social de cortesanos de la burguesía, verdadera usina de prejuicios retrógrados que nutren el sentido común (racismo, sexismo, machismo, homofobia).


“Si te acostás con un genocida no salís con los 30 mil desparecidos” 
Así Graciela Alfano reconocía y justificaba su romance con Massera. Ella integró la “trouppe” de vedettes, artistas, periodistas y modelos que conformó el aparato de propaganda procesista, varios de los cuales se reciclaron en “democracia”. Hablamos de Moria Casan, Susana Giménez, Mirta Legrand y Chiche Gelblung, entre otros, quienes hoy suelen encabezar cuanta campaña semi-fascista se agita desde los medios criminalizando la pobreza.


Alfano, que hoy brilla en el staff de Tinelli, fue una de las caras predilectas de Gente y Para Tí en los ’70. En su apogeo (entre 1977 y 1981) protagonizó más de quince películas, entre ellas Se armó la Alfano (1977), La aventura de los paraguas asesinos (1979), Gran valor y Tiro al aire (1980). También fue la cara publicitaria de los cigarrillos Jockey Club.


En 1982 protagonizó La invitación, producida por su esposo Enrique Capozzolo, quien ya había hecho La Fiesta de Todos, aquel nefasto documental oficial del Mundial ’78 dirigido por Sergio Renán.


Según una denuncia que consta en la Corte Interamericana de DD.HH., siendo dueños del Banco Torquinst y de la alimenticia Purina (en sociedad con el general del Ejército René Ojeda), los Capozzolo se quedaron mediante aprietes y estafas, justo en 1982, con una empresa competidora propiedad de otra familia, los Paskvan.


“¿Vos te creés que si yo hubiera sabido algo de los vuelos de la muerte o de lo que pasaba en la ESMA, hubiera trabajado con ellos?”
Otro que se coló en el escándalo fue Gerardo Sofovich, quien le respondió así al periodista Camilo García (cuya madre está desaparecida) en el programa de Viviana Canosa, en una típica reacción de quien quiere despegarse de las manchas que dejó el genocidio.


El cinismo abunda. Rodolfo Walsh ya denunciaba en su “Carta Abierta a la Junta Militar” de 1977 “quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados”. ¿Y la campaña previa al Mundial ‘78 para acallar a quienes denunciaban las desapariciones considerándolos agentes de una “campaña antiargentina”? ¿Y la respuesta de Videla al periodista José Ignacio López en una conferencia de prensa en 1979, negándole “entidad” a los desaparecidos?


Quizás por “no estar enterado de nada” el Coronel Batesti, entonces interventor de Canal 9, lo premió en 1979 y Sofovich pasó a ser el director y productor estrella de la TV argentina, logrando récords de rating con Operación Já Já, Polémica en el bar y La peluquería de Don Mateo.


El “Ruso” también se recicló. Con el menemismo estuvo al frente de ATC, acumulando infinidad de denuncias por corrupción, y hoy es uno de los financistas de Canal 9 junto a los aportes millonarios de publicidad oficial que el kirchnerismo desembolsa a través de TVR, Duro de Domar y Bajada de Línea.


El presidente de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti, acaba de reconocer públicamente que en la actualidad hay 200 genocidas condenados cuando hubo más de 500 centros clandestinos de detención. La impunidad continúa en Argentina y es la que permite que asesinos como Blaquier se autodefinan como “cristinistas” y mafiosos como Franco Macri amen el “modelo”. Los empresarios que llamaron al golpe pueden seguir enriqueciéndose a costa de la explotación y la sangre obrera.


Esa es la impunidad que permite, en definitiva, que los cómplices del genocidio sigan viviendo su fiesta decadente de fama y de poder, burlándose de las víctimas.
La lucha por mandar hasta al último asesino y sus cómplices civiles a la cárcel, continúa.

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